martes, 3 de marzo de 2009

La brisa que refresca




La verdad es que en esta vida hay muchas cosas a las que somos aficionados, porque nos gustan, porque vienen a saciar nuestras ganas de pasarlo bien, de entretenernos, de pasar el tiempo, de gustar del ocio, solos o en compañía.


Pero sólo hay una que nos deje con algo más que la sensación de haber pasado un buen rato, y es la oración. En efecto, ella, como encuentro con Jesús y tiempo dedicado a Él, produce en el alma a veces consolación y a veces desolación. Pero cuando ocurre la primera, entonces el alma goza, de una forma más profunda y plena que con el mero disfrute, sano y legítimo, de lo temporal y lo material.


No es un sentimentalismo, ni una apariencia, ni un sentirse bien y ya está. Es que el alma sale de la oración con gozo, con paz, con armonía, a la vez que sabe que todo eso debe devolverlo, puesto que no es suyo, sino regalo, o mejor, préstamo, de Dios, único dador de todo bien. No se puede comparar a la sensación que te deja un partido de fútbol, una peli o la práctica de cualquier otra afición. Todo esto es legítimo y hay que vivirlo, porque como personas debemos crecer y saber disfrutar de todo. Pero la oración, o mejor, Jesús, deja en el alma los efectos de ese Olio di Letizia, de ese bálsamo, pacificador a la vez que impulsor de una nueva vida en el alma.


Y esta nueva vida tiene que ser, por fuerza, la Caridad, porque de un olmo no sacarás manzanas, lo mismo que de Jesús no puedes sacar egoísmo o autocomplacencia. Es como salir con más fuerzas para soportar esto o aquello, o mirar con más paz y con acogida a tal persona, saber perdonar, tener paciencia, sonreir cuando quizá te cuesta más, echar una mano...


De estar con Jesús sales a estar en el mundo, con Jesús como meta y trasfondo de todo.

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