martes, 25 de noviembre de 2008

Un nuevo día.

Jesús, que vive en la presencia del Padre, al tiempo que revela el verdadero rostro de Dios, nos revela también a nosotros mismos, nos enseña el verdadero sentido de la vida, nos hace comprender que la vida es siempre un "don": las alegrías, que adornan la existencia terrena, son entendidas como un signo de alegría definitiva que Dios prepara en su eterna morada, los sufrimientos, si por una parte denuncian la separación del hombre respecto de Dios, por la otra, a la luz de la cruz de Cristo pueden ser transformados por el amor, pueden convertirse en camino de purificación y de madurez espiritual, pueden ser considerados como una llamada a compartir el dolor inocente y redentor de Jesús. Por todo ello hay que creer en el día nuevo, obscuridades y miserias abruman el ánimo del ser humano y a veces lo paralizan. Tragedias y calamidades hielan por completo la sonrisa y hacen que broten las lagrimas, los problemas, las turbaciones y malestares que no dejan que demos el testimonio de un cristiano comprometido. Quien está lejos de ellas no siempre parece participar con dolor profundo: por desgracia, nos habituamos a las noticias más alarmantes que se suceden solapándose unas con otras. La promesa de Cristo, en este caso y como siempre, es la seguridad de anclar en roca firme dándonos la firmeza que necesitamos para seguir caminando.
Bernardo da Quintavalle.

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